martes, 16 de noviembre de 2010

Libros #01: Elsa Bornemann "Un elefante ocupa mucho espacio".

Se trata de cuentos destinados al público infantil con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria para la tarea de captación ideológica del accionar subversivo”, señala el decreto que en 1977 prohibió íntegramente el libro en Argentina. Este mandato se enmarcó dentro de la política de desaparición y sustitución[1] de las producciones literarias que el gobierno de facto consideraba “peligrosas” y “subversivas”. Un elefante ocupa mucho espacio fue una de las víctimas emblemáticas del genocidio cultural ejercido por el aparato estatal represor a cargo de la tiránica trinidad militar Videla-Massera-Agosti y la cúpula fascista que los rodeaba. No se contentaron con extender la alfombra roja frente al arribo del imperialismo; cercenar todo tipo de libertades individuales y colectivas no fue suficiente para implantar un modelo político-económico edificado sobre la acentuación en la explotación de los trabajadores, la hipertrofia directamente proporcional de las cuentas bancarias de unos pocos y el hambre de la mayoría y, entre otras masacres político-sociales, la aniquilación de la industria campesina en manos de corporaciones multinacionales. 30.000 almas no bastaron para pagar el indulto ante los pecados de la iglesia del capitalismo. También fue necesario criminalizar a los libros.

El terrorismo de estado desplegó un elaborado control sistemático sobre la cultura. Las políticas de censura no actuaban porque sí[2], sino que un grupo selecto de intelectuales y profesionales, previa identificación e investigación de libros “subversivos”, enviaban acusadores informes a la Dirección General de Publicaciones -sujeta al Ministerio del Interior-, en donde la decisión política era tomada: la censura. El gobierno militar se preocupó especialmente en prohibir los textos escolares e infantiles de cuyo análisis surgiera una posición que agraviara a la moral, a la familia, al ser humano y a la sociedad que éste compone[3].

En la cara posterior de Un elefante ocupa mucho espacio se lee “este libro está compuesto por quince cuentos que hablan de la libertad, la amistad, la solidaridad, la justicia…”, conceptos que según la lógica represiva de los militares atentan contra valores por ellos defendidos como la familia, la iglesia y la patria. Si es así, esta colección de relatos infantiles debiese ser condenada por dejar caer, tal bomba atómica sobre Hiroshima, toneladas de emancipación encima de las despreciables instituciones mencionadas. Pues si en Caso Gaspar un vendedor de manteles decide ofrecer su producto caminando sostenido por sus manos por el simple hecho de que sus pies están cansados de tanto andar, reflejará las desazones de la sociedad frente a lo diferente e innovador, será discriminado por infringir una costumbre establecida y dejará en evidencia la ineptitud de las fuerzas de orden. Si se prohíben las historias que narran experiencias de colaboración comunitaria para enfrentar una problemática social, es porque a los que gozan del poder poco les agrada la asociación de los oprimidos, le temen a la fuerza que pueden alcanzar los explotados si se organizan. Es acerca de esto a lo que se refiere Elsa Bornemann en El Pasaje de la Oca y en el cuento que da el título al libro, respectivamente; vecinos organizados frente al inminente desalojo de sus viviendas de un terreno que legalmente no les pertenece y animales de un circo sublevados en contra de los dueños, exigiendo libertad. En El año verde un pueblo ha decidido construir con sus propias manos la felicidad que el rey año tras año había ilusoriamente prometido a los habitantes que en la miseria estaban sumidos. El rey no es más que un fiel retrato de las déspotas autoridades que “representan” a la población en la por muchos venerada democracia representativa y que este relato haya sido censurado durante un gobierno de facto es sólo una muestra de que los poderosos coartan la divulgación de todo tipo de expresión que tienda a deslegitimar su propia gestión. Además de los cuentos mencionados, destacan Pablo y Donde se cuentan las fechorías del Comesol. Narraciones, como dice el decreto que los prohibió en 1977, peligrosamente subversivas.

Es aquí cuando cabe una revisión léxica al término tan injustamente desprestigiado. Subversivo: que subvierte o pretende subvertir. Subvertir: trastornar, revolver, alterar un estado de cosas establecido, especialmente en sentido moral. ¿No suena parecido a querer cambiar el mundo?[4]



[1] La política de “sustitución cultural” consistía en reemplazar los libros censurados por textos afines al proyecto de sociedad que ambicionaba instaurar la dictadura militar, cimentado en el aforismo “estado, religión y familia”.

[2] Exceptuando un par de casos en que los textos fueron prohibidos por una interpretación errónea del título, como el libro de física “La cuba electrolítica”. Cuba, además de ser una palabra que produce escozores en los corazones fascistas de todo el mundo por el carácter socialista del actual régimen de tal país, es el nombre de un recipiente utilizado para operaciones químicas.

[3] Decreto 3155 del Poder Ejecutivo Nacional a cargo de la Junta Militar.

[4] Este último párrafo está descaradamente inspirado en el último párrafo del ensayo “La censura y quema de libros durante la dictadura militar” de Fernando Ruffa, publicado el 22 de Abril de 2008 en ANRED.

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