viernes, 5 de noviembre de 2010

Las narraciones personales han arruinado mi vida #02.

A los accidentes que constituyen un porcentaje considerable de los hitos de mi existencia, el pasado jueves se ha sumado un desastre más; los pulmones de mi hermana se llenaron de agua tras haber caído en la piscina de su mejor amiga, la Pez. Quien paradójicamente no estuvo a la altura de su seudónimo para lanzarse con destreza y elegancia al rescate de mi hermana, sino que reaccionó tal trucha recién sacada del río, zarandeando piernas y brazos desde el segundo piso de la casa. La verdad es que no conozco ni me interesa conocer con profundidad los pormenores del caso, ni si hay algo o alguien culpable de que la Javiera haya estado sumergida más de cuatro minutos.

La Javiera, mi hermana, hace unas semanas cumplió catorce años, estudia en un colegio de monjas y es devota de dos de los más grandes males que ha sufrido la humanidad a lo largo de la historia; iglesia y televisión. Oh santísimo señor! forjador de benévolas y celestiales armas de destrucción masiva, bienaventurados sean quienes se arrodillan y autoflagelan frente a la eucaristía de la enajenación, benditos aquellos que siguen como ovejas la senda del pastor alienador, santificados los autoexiliados de la ciencia y la racionalidad. Que les den por el culo a los imbéciles que dejan sus vidas en manos de un puto monitor, crucificados los que obedecen las instrucciones de absurdos sermones provenientes de sotanas de oro inseminadas por imágenes infantiles. A la hoguera por dementes. Esto es lo que pienso; los niños y adolescentes, indiscutiblemente, son los más expuestos a la influencia del hábitat en que viven y a los elementos que lo conforman (así hacen su personalidad). Es por esto que la publicidad, herramienta dominada por las garras de los grandes grupos económicos a nivel mundial, apunta muchas de sus balas a las vulnerables mentes impúberes, a través de la televisión. Ésta, no hace más que fomentar el consumismo. Y no me refiero sólo al consumismo del tipo compre compre mijito, compre no más, endéudese, compre y sea feliz, sino que al consumismo que no es necesariamente físico, a ese de vidas irreales, fantásticas, divertidas y con fútiles problemas completamente alejados del no tener qué comer, del no tener con qué abrigarse, por ejemplo. Vidas de jóvenes superficiales, lindos y, obviamente, nacidos y criados en el ostentador mundo de la clase alta (o en su defecto, aspirantes al estilo de vida de ricos y famosos). Es ante esta artificial oferta de felicidad donde mi hermana actúa de cliente (víctima) y ya que las condiciones socioeconómicas de su entorno no le han entregado siquiera la oportunidad de acercarse a su concepción de lo popular y lo bacán, es que ella ha instrumentalizado a diosito para -a través de todo ese rollo de los sacramentos de la iglesia católica, colonias urbanas, bullshit bullshit bullshit- hacerse de amigas con sus mismos “intereses”, fumar sus primeros cigarros y agregar a más pendejos a su lista de contactos del celular. Mi mamá se puso contentísima al saber que la Javiera había decidido hacer esa bobada de la confirmación. No era para menos. Después de todo, es también mi madre responsable de fomentar, involuntariamente quizás, el egoísmo, la pereza y el materialismo de su hija.

Tal vez esté pecando al escribir así de mi hermana -dios me perdone- dado el estado de su salud. Cualquiera pensaría, según mis palabras, que si de mi decisión dependiera inclinar hacia uno de los dos lados de la balanza ‘vida-muerte’, ésta sería mi carta de despedida para ella. Pero no es así. Lo que ocurre es que la Javi es el mejor ejemplo para retratar estas cuestiones de las que he hablado, las que por cierto me sulfuran. No quiero que se muera. Sí me gustaría que fuese distinta, que dejara de ser tan egoísta, en todos los ámbitos que la palabra egoísmo pueda abarcar. No creo en dios, no esperaré un milagro. Confío en lo que pueda hacer la medicina y en que su organismo responda de la mejor manera. Deseo más que nada en el mundo ser informado de su primer respiro al despertar del coma.

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